Qué es esto

Libre albedrío cibernético: facultad + voluntad de crearcopiarpublicar subjetivamente cultura, símbolos, signos, ceros y unos en un espacio cibernético limitado: blogger.


15 de febrero de 2013

Para todos los progresistas y los fieles a la reina K

En América Latina siguen avanzando las estrategias enfocadas en minería, hidrocarburos y monocultivos, a pesar que esto significa repetir el papel de proveedores de materias primas y de las resistencias ciudadanas. Este modo de ser extractivista se expresa tanto en gobiernos conservadores como progresistas. Pero como entre estos últimos se esperaba otro tipo de desarrollo, esa insistencia se ha convertido en un nudo político de enorme complejidad.

Para sostener el empuje extractivista se está apelando a nuevas justificaciones políticas. Una de las más llamativas es invocar a los viejos pensadores del socialismo, para sostener que no se opondrían al extractivismo del siglo XXI, y además, lo promoverían.

Seguramente el ejemplo más destacado ha sido el presidente ecuatoriano Rafael Correa, quien para defender al extractivismo lanzó dos preguntas desafiantes: “¿Dónde está en el Manifiesto Comunista el no a la minería? ¿Qué teoría socialista dijo no a la minería?” (entrevista de mayo de 2012).

Correa redobla su apuesta, ya que además de citar a Marx y Engels, le suma un agregado propio que no puede pasar desapercibido: “tradicionalmente los países socialistas fueron mineros”. El mensaje que se despliega es que la base teórica del socialismo es funcional al extractivismo, y que en la práctica, los países del socialismo real lo aplicaron con éxito. Si su postura fuese correcta, hoy en día, y en América Latina, Marx y Engels deberían estar alentando las explotaciones mineras, petroleras o los monocultivos de exportación.

Soñando con un Marx extractivista

Comencemos por sopesar hasta dónde puede llegar la validez de la pregunta de Correa. Es que no puede esperarse que el Manifiesto Comunista, escrito a mediados del siglo XIX, contenga todas las respuestas para todos los problemas del siglo XXI.

Como señalan dos de los más reconocidos marxistas del siglo XX, Leo Huberman y Paul Sweezy, tanto Marx como Engels, aún en vida, consideraban que los principios del Manifiesto seguían siendo correctos, pero que el texto había envejecido. “En particular, reconocieron implícitamente que a medida que el capitalismo se extendiera e introdujera nuevos países y regiones en la corriente de la historia moderna, surgirían necesariamente problemas y formas de desarrollo no consideradas por el Manifiesto”, agregan Hunerman y Sweezy. Sin duda esa es la situación de las naciones latinoamericanas, de donde sería indispensable contextualizar tanto las preguntas como las respuestas.

Seguidamente es necesario verificar si realmente todos los países socialistas fueron mineros. Eso no es del todo cierto, y en aquellos sitios donde la minería escaló en importancia, ahora sabemos que el balance ambiental, social y económico, fue muy negativo. Uno de los ejemplos más impactante ocurrió en zonas mineras y siderúrgicas de la Polonia bajo la sombra soviética. Hoy se viven situaciones igualmente terribles con la minería en China.

No puede olvidarse que muchos de esos emprendimientos, dado su altísimo costo social y ambiental, sólo se vuelven viables cuando no existen controles ambientales adecuados o se silencian autoritariamente las demandas ciudadanas. Tampoco puede pasar desapercibido que aquel extractivismo, al estilo soviético, fue incapaz de generar el salto económico y productivo que esos mismos planes predecían.

Actualmente, desde el progresismo se defiende el extractivismo aspirando aprovechar al máximo sus réditos económicos para así financiar, por un lado distintos planes sociales, y por el otro, cambios en la base productiva para crear otra economía.

El problema es que, de esta manera, se genera una dependencia entre el extractivismo y los planes sociales. Sin los impuestos a las exportaciones de materias primas se reducirían las posibilidades para financiar, por ejemplo, las ayudas monetarias mensuales a los sectores más pobres. Esto hace que el propio Estado se vuelva extractivista, convirtiéndose en socio de los más variados proyectos, cortejando inversores de todo tipo, y brindando diversas facilidades. Sin dudas que existen cambios bajo el progresismo, pero el problema es que se repiten los impactos sociales y ambientales y se refuerza el papel de las economías nacionales como proveedores subordinados de materias primas.

La pretensión de salir de esa dependencia por medio de más extractivismo no tiene posibilidades de concretarse. Se genera una situación donde la transición prometida se vuelve imposible, por las consecuencias del extractivismo en varios planos, desde las económicas a las políticas (como el desplazamiento de la industria local o la sobrevaloración de las monedas nacionales, tendencia a combatir la resistencia ciudadana). El uso de instrumentos de redistribuciones económicas tiene alcances limitados, como demuestra la repetición de movilizaciones sociales. Pero además es costoso, y vuelve a los gobiernos todavía más necesitados de nuevos proyectos extractivistas.

Es justamente todas esas relaciones perversas la que debería ser analizada mirando a Marx. El mensaje de Correa, si bien es desafiante, muestra que más allá de las citas, en realidad, no toma aquellos principios de Marx que todavía siguen vigentes para el siglo XXI.

Escuchando la advertencia de Marx

Marx no rechazó la minería. La mayor parte de los movimientos sociales tampoco la rechazan, y si se escuchara con atención sus reclamos se encontrará que están enfocados en un tipo particular de emprendimientos: a gran escala, con remoción de enormes volúmenes, a cielo abierto e intensiva. En otras palabras, no debe confundirse minería con extractivismo.

Marx no rechazó la minería, pero tenía muy claro donde debían operar los cambios. Desde esa perspectiva surgen las respuestas para la pregunta de Correa: Marx distinguía al “socialismo vulgar” de un socialismo sustantivo, y esa diferenciación debe ser considerada con toda atención en la actualidad.

En su “Crítica al programa de Gotha”, Marx recuerda que la distribución de los medios de consumo es, en realidad, una consecuencia de los modos de producción. Intervenir en el consumo no implica transformar los modos de producción, pero es a este último nivel donde deberán ocurrir las verdaderas transformaciones. Agrega Marx: “el socialismo vulgar (…) ha aprendido de los economistas burgueses a considerar y tratar la distribución como algo independiente del modo de producción, y, por tanto, a exponer el socialismo como una doctrina que gira principalmente en torno a la distribución”.

Aquí está la respuesta a la pregunta de Correa: Marx, en la América Latina de hoy, no sería extractivista, porque con ello abandonaría la meta de transformar los modos de producción, volviéndose un economista burgués. Al contrario, estaría promoviendo alternativas a la producción, y eso significa, en nuestro contexto presente, transitar hacia el post-extractivismo.

Seguramente la mirada de Marx no es suficiente para organizar esa salida del extractivismo, ya que era un hombre inmerso en las ideas del progreso propio de la modernidad, pero permite identificar el sentido que deberán tener las alternativas. En efecto, queda en claro que los ajustes instrumentales o mejoras redistributivas, pueden representar avances, pero sigue siendo imperioso trascender la dependencia del extractivismo como elemento clave de los actuales modos de producción. Esta cuestión es tan clara que el propio Marx concluye “Una vez que está dilucidada, desde ya mucho tiempo, la verdadera relación de las cosas, ¿por qué volver a marchar hacia atrás? Entonces, ¿por qué se sigue insistiendo con el extractivismo?
Eduardo Gudynas

13 de diciembre de 2012

Komplicidad....


En 2003, campesinos formoseños del poblado Colonia Loma Senés denunciaron las fumigaciones con glifosato en la zona. Exhibieron sus plantaciones arruinadas, mostraron certificados médicos de envenenamiento y fotografías de sus animales muertos. En una medida inusual, la jueza Silvia Amanda Sevilla ordenó el cese inmediato de las fumigacioes con Roundup, la marca de glifosato más utilizada.
La medida no tenía precedentes. Desde entonces, la jueza fue declarada enemiga de la empresa de monocultivos. Comenzó un proceso de hostigamiento por parte de pares, superiores y el poder político. En diciembre de 2007 Sevilla fue echada bajo las acusaciones de "mal desempeño en el cargo y desconocimiento manifiesto del derecho". Entre las acciones juzgadas estuvo la orden de asistencia inmediata, por parte del gobierno local, a campesinos. "Nunca me perdonaron que frenase las fumigaciones", dice Sevilla. "Había ministros del gobierno involucrados, me presionaron jueces para que de marcha atrás. Y el juicio de mi destitución fue un circo romano. La vida se me esta haciendo cada vez más complicada. Me cuesta muchísimo trabajar en la profesión por varias razones, pero la principal es que mi apellido es mala palabra en Formosa y la gente, salvo la muy audaz, no quiere contratar mis servicios porque en los juzgados me hacen la vida imposible y debo presentar más recursos que otros abogados por los disparates que resuelven en mis causas".
La abogada de las comunidades denunciantes, Roxana Silva, es categórica: "La echaron por cumplir con su deber. Todos sus fallos se ajustaron a derecho, y eso aquí es un pecado. Nadie se puede meter contra el poder político y los empresarios".
En Formosa continúan usando glifosato. Ningún otro juez prohibió la fumigaciones.

Campo sin campesinos, Argentina Originaria.

11 de diciembre de 2012

Declaración de la Comisión Interna de Página12 sobre represalia contra Darío Aranda


Declaración de la Comisión Interna de Página12 sobre represalia contra Darío Aranda -

Compañer@s:

Queremos informarles sobre una represalia que pese a nuestro esfuerzo no pudimos revertir, ya que nadie en la empresa asume la responsabilidad por una decisión que de hecho se aplica. Nos referimos a la situación de nuestro compañero Darío Aranda.

En noviembre de 2011 el diario censuró dos notas de

Darío, hecho que como asamblea repudiamos por unanimidad. Conscientes de la fragilidad de los colaboradores, exigimos que no se tomaran represalias (se lo pedimos en persona al director del diario). Desde ese mismo momento, sin embargo, comenzaron a aplicarse: se fijaron topes de dos notas por mes y 70 líneas por nota (antes publicaba de 4 a 6 por mes, incluidas dobles páginas y tapas); se le impidió escribir desde el lugar donde ocurren los hechos, sello distintivo del trabajo de Darío; los temas que cubría desde 2004 (indígenas, campesinos, extractivismo) fueron derivados sistemáticamente a compañeros pasantes; ante sus propuestas, las respuestas del jefe de sociedad, Andrés Osojnik, varían entre el silencio, la demora o -la más usual- el rechazo sin argumentos serios, con el agravante de que sumarios propuestos por quien conoce en profundidad sus temas son “derivados” a otros compañeros.

Como Comisión Interna nos reunimos con Tiffenberg y con los gerentes, quienes negaron haber ordenado un tope de notas. Hablamos con Osojnik, que tampoco se hace cargo de la represalia que aplica y pretende atribuir el cupo y sus negativas sistemáticas a la “casualidad” o a “criterios periodísticos”, pese a que él mismo llegó a explicitar en un e-mail el límite de dos notas mensuales.

Consideramos que esta situación no sólo atenta contra el trabajo de Darío y contra la calidad de Página12: también afecta los ingresos de nuestro compañero, que pasó de escribir hasta seis notas mensuales a dos “notas B” y durante el último semestre cobró en promedio apenas 300 pesos.

Ante los infructuosos esfuerzos por revertir este panorama y la certeza de que no se trata sólo de una represalia sino también de un ataque a la libertad de expresión, como Comisión Interna decidimos informales la situación, de la que hacemos responsable a la empresa y en particular al jefe de la sección Sociedad, Andrés Osojnik.


Tato Dondero, Carlos Rodríguez, Ana Paoletti y Diego Martínez

11 de diciembre de 2012